La vocación
La
razón por la que yo decidí estudiar letras fue, en apariencia, muy sencilla e
incluso algo superficial, elegí la
carrera de letras hispánicas porque me gustaba mucho leer; sé que esta respuesta puede sonar vacua o
incluso tonta, pero pienso que, ante todo, uno escoge, o debería escoger, su
carrera, su trabajo, su pareja, su vocación,
porque halla gusto en ella.
En las líneas anteriores usé una
palabra en particular, “vocación”. Vocación viene del latín vocare y significa llamado, la vocación
es para mí muy similar al matrimonio, ambas son elecciones que la persona hace,
o debería hacer, libremente y en pleno uso de sus facultades; las dos son
compromisos con los que una persona accede a unirse, a veces para toda la vida o hasta que la
muerte los separe.
La vocación es la tarea a la que un
ser humano decide consagrar su vida, es algo más profundo que el concepto de
trabajo y mucho más enriquecedor que este, pues no busca una remuneración
económica (un pago que nunca te deja satisfecho), sino, y aunque peque de
poético, el placer de realizar la
actividad que amas, de cumplir, como Ignacio de Loyola decía “el fin para que
hemos sido creados”.
Sin embargo, la vocación a la
literatura tiene algo de particular en frente a las otras vocaciones de la
vida. El literato es un hombre que está enamorado del lenguaje, desencantado de
la realidad y que encuentra en las letras ese espacio constante fuera del
tiempo donde puede escribir y descubrir no el mundo que es (en varias ocasiones
es un escape de este), sino el que debería ser, el que uno quiere que sea.
Wilde define el arte en su decadencia de la mentira como una “enérgica protesta”, y afirma que
la variedad no se encuentra en la naturaleza, sino en la imaginación y la fantasía, a lo largo de
este breve texto, el dramaturgo inglés
demuestra el carácter inacabado y aburrido de la realidad. Para él, la literatura es un acto redentor, purgativo,
la oportunidad de corregir los errores del mundo y embellecer la existencia, es el escape divino donde el
hombre ilustra su interior.
Creo que ahí está el meollo del
asunto, el literato, al igual que cualquier estudioso del arte, se diferencia por dedicar su vida a la
belleza, a su estudio y comprensión, en muchas ocasiones, al simple placer y goce de observarla. Esto se traduce
en actividades tan sencillas como fantásticas: el encanto de descifrar el
infierno y el paraíso en La Divina
Comedia, el deleite de admirar por vez primera las aventuras del ingenioso soñador
Don Quijote.
La palabra nos ofrece un mundo en
cada vocablo; un encuentro en cada repetición. Al inicio de la carrera yo no
entendía esto, me gustaba mucho leer (aún sostengo que esto es más que
suficiente para empezar), pero no había comprendido que el estudiante de
letras, más que eso, el literato, es
alguien que ha descubierto la felicidad secrete de los libros, el significado
oculto de las palabras y que, por ello, está dispuesto a entregar su vida a la
literatura.
Para mí esta facultad hace
de la literatura una de las mejores vocaciones, se habla mucho, tal vez demasiado, de que no
produce dinero, no obstante, para mí la pobreza no es un estigma, sino una
virtud. La persona que estudia las
letras no lo hace por interés monetario, sino por amor, por un disfrute
desinteresado y limpio, donde cualquier
fin corrupto queda ausente.
Con el paso de los semestres y el
estudio, me percaté, además, de la maravillosa inutilidad del arte. Los libros no producen ni producirán (gracias a
Dios) ningún fin utilitario o práctico, buscarles uno es, asimismo, inútil y
hasta ofensivo. Borges se enojaba cada vez que alguien le preguntaba para qué
servía la literatura, a lo que respondía que nadie preguntaba para que servía
una puesta de sol, o cualquier otra cosa bella que hiciera nuestra estancia en
la tierra menos tediosa.
La verdadera naturaleza de los
libros es, como ya he mencionado, la belleza y aunque un soneto de Sor Juana o
la lectura de una tragedia de Shakespeare no te quiten ni el hambre ni el frío,
son mucho más valiosos que un sándwich o un abrigo, pues tomando las palabras
del genial Dostoievski “la belleza salvará al mundo”.
La
literatura es la arquitectura del lenguaje humano, su antigüedad es incalculable al igual que su
importancia y por eso quiero dedicar mi vida a ella. El área del estudio que
más me interesa es la literatura medieval y renacentista, pues retrata y expresa el pensamiento de dos
épocas invaluables y muchas veces incomprendidas. Creo que si pudiera tener un
encuentro, más literario que posible, con aquella persona que fui hace cuatro
años llamada Jorge Castro de Dios, me diría a mí mismo: Estudia letras, no te
arrepentirás.
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