miércoles, 25 de febrero de 2015

La vocación

La vocación

La razón por la que yo decidí estudiar letras fue, en apariencia, muy sencilla e incluso algo superficial,  elegí la carrera de letras hispánicas porque me gustaba mucho leer;  sé que esta respuesta puede sonar vacua o incluso tonta, pero pienso que, ante todo, uno escoge, o debería escoger, su carrera, su trabajo, su pareja, su vocación,  porque halla gusto en ella.
            En las líneas anteriores usé una palabra en particular, “vocación”. Vocación viene del latín vocare y significa llamado, la vocación es para mí muy similar al matrimonio, ambas son elecciones que la persona hace, o debería hacer, libremente y en pleno uso de sus facultades; las dos son compromisos con los que una persona accede a unirse,  a veces para toda la vida o hasta que la muerte los separe.
            La vocación es la tarea a la que un ser humano decide consagrar su vida, es algo más profundo que el concepto de trabajo y mucho más enriquecedor que este, pues no busca una remuneración económica (un pago que nunca te deja satisfecho), sino, y aunque peque de poético,  el placer de realizar la actividad que amas, de cumplir, como Ignacio de Loyola decía “el fin para que hemos sido creados”.      
            Sin embargo, la vocación a la literatura tiene algo de particular en frente a las otras vocaciones de la vida. El literato es un hombre que está enamorado del lenguaje, desencantado de la realidad y que encuentra en las letras ese espacio constante fuera del tiempo donde puede escribir y descubrir no el mundo que es (en varias ocasiones es un escape de este), sino el que debería ser, el que uno quiere que sea.
            Wilde define  el arte en su decadencia de la mentira como una “enérgica protesta”, y afirma que la variedad no se encuentra en la naturaleza, sino en  la imaginación y la fantasía, a lo largo de este breve texto,  el dramaturgo inglés demuestra el carácter inacabado y aburrido de la realidad. Para él,  la literatura es un acto redentor,  purgativo,  la oportunidad de corregir los errores del mundo y embellecer  la existencia, es el escape divino donde el hombre ilustra su interior.
            Creo que ahí está el meollo del asunto, el literato, al igual que cualquier estudioso del arte,  se diferencia por dedicar su vida a la belleza, a su estudio y comprensión, en muchas ocasiones, al simple  placer y goce de observarla. Esto se traduce en actividades tan sencillas como fantásticas: el encanto de descifrar el infierno y el paraíso en La Divina Comedia, el deleite de admirar por vez primera las aventuras del ingenioso soñador Don Quijote.
            La palabra nos ofrece un mundo en cada vocablo; un encuentro en cada repetición. Al inicio de la carrera yo no entendía esto, me gustaba mucho leer (aún sostengo que esto es más que suficiente para empezar), pero no había comprendido que el estudiante de letras, más que eso, el literato,  es alguien que ha descubierto la felicidad secrete de los libros, el significado oculto de las palabras y que, por ello, está dispuesto a entregar su vida a la literatura.
            Para mí esta facultad  hace  de la literatura una de las mejores vocaciones,  se habla mucho, tal vez demasiado, de que no produce dinero, no obstante, para mí la pobreza no es un estigma, sino una virtud.  La persona que estudia las letras no lo hace por interés monetario, sino por amor, por un disfrute desinteresado y limpio,  donde cualquier fin corrupto queda ausente.
            Con el paso de los semestres y el estudio, me percaté, además, de la maravillosa inutilidad del arte. Los  libros no producen ni producirán (gracias a Dios) ningún fin utilitario o práctico, buscarles uno es, asimismo, inútil y hasta ofensivo. Borges se enojaba cada vez que alguien le preguntaba para qué servía la literatura, a lo que respondía que nadie preguntaba para que servía una puesta de sol, o cualquier otra cosa bella que hiciera nuestra estancia en la tierra menos tediosa.
            La verdadera naturaleza de los libros es, como ya he mencionado, la belleza y aunque un soneto de Sor Juana o la lectura de una tragedia de Shakespeare no te quiten ni el hambre ni el frío, son mucho más valiosos que un sándwich o un abrigo, pues tomando las palabras del genial Dostoievski “la belleza salvará al mundo”.

            La literatura es la arquitectura del lenguaje humano,  su antigüedad es incalculable al igual que su importancia y por eso quiero dedicar mi vida a ella. El área del estudio que más me interesa es la literatura medieval y renacentista,  pues retrata y expresa el pensamiento de dos épocas invaluables y muchas veces incomprendidas. Creo que si pudiera tener un encuentro, más literario que posible, con aquella persona que fui hace cuatro años llamada Jorge Castro de Dios, me diría a mí mismo: Estudia letras, no te arrepentirás.

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