El Decálogo de todo buen humanista
Humildad: Las humanidades son un campo de estudio inmerso en
un ambiente de cambio e investigación constantes, de diálogo frecuente e
interdisciplinario y de saludable actitud crítica, por ello, es necesario que
el humanista esté dispuesto tanto a aceptar
correcciones como a corregir a sus colegas de manera objetiva y respetuosa.
Actitud Crítica: El discernimiento, la capacidad
auto-reflexiva, el afán de buscarle “las tres patas al gato”, son signos
distintivos del humanista de calidad. Este no acepta la primera cosa que le
dicen como dogma de fe y mucho menos cree que todo lo que está escrito es
palabra de Dios.
Creatividad: La creatividad va más allá de la habilidad de
“crear” cosas nuevas, es la facultad de pensar de manera distinta, innovadora y
original, de cambiar la perspectiva para ampliar y renovar la visión; el
humanista debe tener un pensamiento creativo, pues este será fundamental en la
generación de ideas, el desarrollo de planteamientos y la construcción de
proyectos.
Valentía: La actualidad es una época donde no existe la
valentía, la gente se escuda bajo el anonimato de la colectividad, de un
pensamiento que se autodenomina inequívoco y bajo la irreflexiva bandera de la
moda. Esta es una virtud necesaria en
toda persona, pero más en el humanista actual, este debe poseer el compromiso
de dar una opinión, de decir la verdad sin miedo a recibir malas miradas de otros.
Objetividad: Uno de los grandes peligros de los estudios e
investigaciones actuales, quizá el mayor,
es la subjetividad. Esta se presente en la actualidad como una carta
blanca, la cual permite a las personas decir, hacer y peor, escribir como algo
serio, lo que piensan, aunque esto no tenga fundamento alguno. El humanista
serio sabe distinguir los hechos de las opiniones, las posturas de las
verdades, los argumentos de las evidencias.
Profundidad: El crecimiento explosivo de las últimas décadas
de los resúmenes, glosas y artículos
de divulgación y la cada vez menor necesidad de reflexión en la
persona promedio, han estancado el pensamiento actual en un terreno de aparente
profundidad, pero de indudable trivialidad. La competencia actual del alumno de
humanidades, el reto de leer y comprender cantidades inauditas de textos, el
ritmo acelerado del cambio etc. Ofrecen
la tentación de leer solo el índice, de consultar la versión reducida y de quedarse con la información de una sola
fuente. El humanista de verdad va más allá del resumen.
Actitud inquisitiva: Un buen humanista es alguien con ansias
de saber, que no teme jugar al inquisidor y hacer más de una o dos preguntas
incómodas para llegar a su objetivo, que debe ser la verdad.
Formación sólida: La formación del humanista debe ser
impecable, no debe limitarse a los aspectos de su carrera, sino ser
interdisciplinaria y estar nutrida por el contacto frecuente del arte y las
ciencias. El modelo más acabado para mí es el medievo, universidades que formaban humanista con
obligado conocimiento de latín, música y lógica.
Paciencia: “Todo lo bueno lleva su tiempo”, dice el refrán,
acertadamente. El humanista sabe dedicar el tiempo requerido a cada una de sus
investigaciones y trabajos, busca la calidad y la integridad de todas sus
acciones.
Tolerancia: La tolerancia tiene dos enemigos mortales en el
campo de las humanidades, por un lado existen, como existirán hasta el fin de
los tiempos, los prejuicios, estos dañan
la actitud crítica y obstaculizan la imparcialidad; el humanista no busca un imposible idílico
como no tener prejuicios, sino saber desprenderse de ellos cuando es necesario.
El segundo enemigo es una tolerancia
idiota que obliga a la persona a aguantar todo, incluso lo malo. La tolerancia
no se restringe a recibir y soportar cualquier cosa, es saber también marcar
las líneas de lo correcto e incorrecto.
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