lunes, 9 de marzo de 2015

La importancia de estudiar humanidades (Texto Podcast)

“Perpetua y proteica expresión del sentir común del hombre”, “deseo y necesidad trascendentes, unidos en la manifestación física de una región espiritual”, “amalgama de arte, estudio, disciplina, contemplación, gozo y misterio”. Las humanidades han  acompañado al hombre desde el inicio de su existencia, en el antiquísimo y natural placer de contar una historia, en el afán  de la pintura rupestre que testifica nuestro paso por esta tierra,  en la pregunta de orden filosófico que mueve y conmueve la entidad íntima del hombre, se vislumbran las siluetas de esta interioridad que hemos bautizado como “lo humano”.
Aristóteles definía al hombre como un animal racional, creo que la definición del estagirita no es errada, pero sí incompleta. Para mí, lo que verdaderamente diferencia al hombre del resto de las creaturas del mundo no es la razón (facultad que muchas veces perdemos o decidimos perder), sino que, lo  que en realidad forma la esencia de nuestra especia, la base necesaria de nuestro ser, es la cultura en su compresión original.
La cultura no es ni debe ser comprendida como una verborraica acumulación de datos inútiles, de fechas olvidadas y de nombres que ni siquiera somos capaces de pronunciar correctamente; cultura, en su sentido primigenio, se relaciona con el cultivo, con el cuidado e interés  por la educación y sensibilización de la dimensión intrínseca del hombre, es decir, de lo que llamamos espíritu. Hace poco recuerdo haber leído en un artículo una definición que me agradó mucho por su sencillez, “cultura es toda manifestación externa del interior del hombre”.
Las humanidades son el conjunto de disciplinas encargadas de estudiar eso que nos hace humanos, entre ellas se encuentran la historia, la filosofía y las letras, o, como he elegido llamar a esta última, la vocación a las letras.
Aunque es impensable, me gustaría pensar en un  mundo sin letras, no entendamos esta premisa que acabo de enunciar en el sentido literal, sino en el literario; un universo sin cuentos  ni novelas para poder corregir y escapar de la incipiente realidad, un lenguaje tan cadavérico y estático que sus usuarios carecieran de metáforas o figuras para tejer  imagen, idea y sonido en la poesía; un país donde los términos y conceptos fueran tan déspotas y matemáticos que uno no pudiera, en la danza verbal de la palabra,  ejercer el oficio de Dios lingüístico.
La concepción de este inconcebible y pequeño infierno imaginario que acabo de esbozar, debería mostrar cuán profundo es el nexo existente entre nosotros y la palabra. En la actualidad nos es difícil imaginar nuestra vida sin computadoras clarividentes,  presurosos automóviles, televisión entorpecedora y otras mil banalidades de  nuestra paupérrima época, no obstante, la imaginación no es menester para esto; cualquier vistazo a un libro de historia nos puede ilustrar una vida sin estos modernos estorbos.
Sin embargo, una vida sin literatura, aunque esta se manifieste en la forma rudimentaria de la leyenda, del chiste o de la canción; una existencia del hombre divorciado de la palabra y carente del impulso creador,  no ha existido ni existirá, ni siquiera podrá proponerse,  mientras el humano siga siendo distinto de la bestia.
El literato es, para quien acepta verdaderamente esta vocación,  la persona que se consagra al gozo de las letras; es, poéticamente, un sacerdote del placer (aunque como todo sacerdote debe hacer sacrificios). Su función es clave en la sociedad, pues funge como el encargado  y puente entre los hombres y  el musical tesoro  de la literatura; sus rasgos son, ante doto, la valentía y profundidad, es una consagrado íntegro que conoce el valor de la literatura y está dispuesto a defenderla.
Hoy en día hay una peligrosa carencia de humanistas serios  y una aún más mortífera sobrepoblación de pseudo-intelectuales. La cultura, el arte y los estudios humanísticos corren el riesgo de la superficialidad; la superabundancia de los nuevos métodos de comunicación (con sus reseñas cada vez más escuetas, artículos de opinión sin fundamento y facilidad para publicar en medios electrónicos e impresos) y la cultura individualista han producido una proliferación de pensadores soberbios y mal formados, peor aún, de trabajos vagos y tendenciosos que parecen seguir más una moda que un sistema lógico de pensamiento.
El mundo de nuestra época necesita de humanistas sólidos más que otros momentos de la historia. En la antigüedad la falta de imprenta, el alto costo de la educación y los medios insuficientes para tener una vida digna, entorpecían la cultura; hoy en día pasa todo lo contrario, el exceso de medios de comunicación, la educación barata e insubstancial  y el materialismo, dan como resultado que aumente la cantidad y disminuya la calidad de la cultura.



3 comentarios:

  1. Coincido contigo en que hace falta humanistas serios y de formación, al menos en las aulas, recuerdo que mis profesores de prepa y secundaria de materias como Filosofía, Historia, Sociología y Español no tenían una licenciatura relacionada con estas materias, no mostraban amor por lo que enseñaban, así que difícilmente lograban despertar el interés de sus alumnos hacía dichas disciplinas.

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  2. Me parece acertada la defensa que haces de las Humanidades. La descripción del empobrecimiento del lenguaje en esta época de la comunicación presenta aspectos sobre los que no siempre se reflexiona. Por otra parte, es interesante la presentación del trabajo literario como una vocación.

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  3. Me resulta especialmente llamativo lo que resumes de las humanidades: "Las humanidades son el conjunto de disciplinas encargadas de estudiar eso que nos hace humanos". Es, en realidad, difícil establecer lo que nos hace puramente humanos, pero creo que el lenguaje es, definitivamente, una de nuestras grandes virtudes.

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