“Perpetua y proteica expresión del sentir común del
hombre”, “deseo y necesidad trascendentes, unidos en la manifestación física de
una región espiritual”, “amalgama de arte, estudio, disciplina, contemplación,
gozo y misterio”. Las humanidades han
acompañado al hombre desde el inicio de su existencia, en el antiquísimo
y natural placer de contar una historia, en el afán de la pintura rupestre que testifica nuestro
paso por esta tierra, en la pregunta de
orden filosófico que mueve y conmueve la entidad íntima del hombre, se
vislumbran las siluetas de esta interioridad que hemos bautizado como “lo
humano”.
Aristóteles definía al hombre como un animal
racional, creo que la definición del estagirita no es errada, pero sí
incompleta. Para mí, lo que verdaderamente diferencia al hombre del resto de
las creaturas del mundo no es la razón (facultad que muchas veces perdemos o
decidimos perder), sino que, lo que en
realidad forma la esencia de nuestra especia, la base necesaria de nuestro ser,
es la cultura en su compresión original.
La cultura no es ni debe ser comprendida como una
verborraica acumulación de datos inútiles, de fechas olvidadas y de nombres que
ni siquiera somos capaces de pronunciar correctamente; cultura, en su sentido
primigenio, se relaciona con el cultivo, con el cuidado e interés por la educación y sensibilización de la
dimensión intrínseca del hombre, es decir, de lo que llamamos espíritu. Hace
poco recuerdo haber leído en un artículo una definición que me agradó mucho por
su sencillez, “cultura es toda manifestación externa del interior del hombre”.
Las humanidades son el conjunto de disciplinas
encargadas de estudiar eso que nos hace humanos, entre ellas se encuentran la
historia, la filosofía y las letras, o, como he elegido llamar a esta última,
la vocación a las letras.
Aunque es impensable, me gustaría pensar en un mundo sin letras, no entendamos esta premisa
que acabo de enunciar en el sentido literal, sino en el literario; un universo
sin cuentos ni novelas para poder
corregir y escapar de la incipiente realidad, un lenguaje tan cadavérico y
estático que sus usuarios carecieran de metáforas o figuras para tejer imagen, idea y sonido en la poesía; un país
donde los términos y conceptos fueran tan déspotas y matemáticos que uno no
pudiera, en la danza verbal de la palabra,
ejercer el oficio de Dios lingüístico.
La concepción de este inconcebible y pequeño
infierno imaginario que acabo de esbozar, debería mostrar cuán profundo es el
nexo existente entre nosotros y la palabra. En la actualidad nos es difícil
imaginar nuestra vida sin computadoras clarividentes, presurosos automóviles, televisión
entorpecedora y otras mil banalidades de nuestra paupérrima época, no obstante, la
imaginación no es menester para esto; cualquier vistazo a un libro de historia
nos puede ilustrar una vida sin estos modernos estorbos.
Sin embargo, una vida sin literatura, aunque esta se
manifieste en la forma rudimentaria de la leyenda, del chiste o de la canción;
una existencia del hombre divorciado de la palabra y carente del impulso
creador, no ha existido ni existirá, ni
siquiera podrá proponerse, mientras el
humano siga siendo distinto de la bestia.
El literato es, para quien acepta verdaderamente
esta vocación, la persona que se
consagra al gozo de las letras; es, poéticamente, un sacerdote del placer
(aunque como todo sacerdote debe hacer sacrificios). Su función es clave en la
sociedad, pues funge como el encargado y
puente entre los hombres y el musical
tesoro de la literatura; sus rasgos son,
ante doto, la valentía y profundidad, es una consagrado íntegro que conoce el
valor de la literatura y está dispuesto a defenderla.
Hoy en día hay una peligrosa carencia de humanistas
serios y una aún más mortífera sobrepoblación
de pseudo-intelectuales. La cultura, el arte y los estudios humanísticos corren
el riesgo de la superficialidad; la superabundancia de los nuevos métodos de
comunicación (con sus reseñas cada vez más escuetas, artículos de opinión sin
fundamento y facilidad para publicar en medios electrónicos e impresos) y la
cultura individualista han producido una proliferación de pensadores soberbios
y mal formados, peor aún, de trabajos vagos y tendenciosos que parecen seguir
más una moda que un sistema lógico de pensamiento.
El mundo de nuestra época necesita de humanistas
sólidos más que otros momentos de la historia. En la antigüedad la falta de
imprenta, el alto costo de la educación y los medios insuficientes para tener
una vida digna, entorpecían la cultura; hoy en día pasa todo lo contrario, el
exceso de medios de comunicación, la educación barata e insubstancial y el materialismo, dan como resultado que
aumente la cantidad y disminuya la calidad de la cultura.
Coincido contigo en que hace falta humanistas serios y de formación, al menos en las aulas, recuerdo que mis profesores de prepa y secundaria de materias como Filosofía, Historia, Sociología y Español no tenían una licenciatura relacionada con estas materias, no mostraban amor por lo que enseñaban, así que difícilmente lograban despertar el interés de sus alumnos hacía dichas disciplinas.
ResponderBorrarMe parece acertada la defensa que haces de las Humanidades. La descripción del empobrecimiento del lenguaje en esta época de la comunicación presenta aspectos sobre los que no siempre se reflexiona. Por otra parte, es interesante la presentación del trabajo literario como una vocación.
ResponderBorrarMe resulta especialmente llamativo lo que resumes de las humanidades: "Las humanidades son el conjunto de disciplinas encargadas de estudiar eso que nos hace humanos". Es, en realidad, difícil establecer lo que nos hace puramente humanos, pero creo que el lenguaje es, definitivamente, una de nuestras grandes virtudes.
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